EL AMOR TIENE DOS CARAS











pareja.jpgnovios_00.jpg 

Amores de amores, ¿cuál es el suyo?

Amores feos, escépticos, románticos, intensos, tiernos, chocolocos, racionales, perros, cacorros, a primera vista, el amor de la vida, amores sapos y principescos, dolorosos, sacrificados, platónicos, arrechos, interesados, celosos, espirituales, incomprendidos, amores amigos… Para bien o para mal, seguramente, cada ser humano en diferentes etapas de su vida pasa por algunas de las tipologías antes descritas y, aunque, después de vivirlo, puede dejar de pensar que eso fue amor, las vivencias de ese sentimiento, tan difícil de aprehender, suelen influir drásticamente en el curso de la vida futura.

El Diccionario de la lengua española en su vigésima primera edición define el amor como el “Sentimiento que mueve a desear que la realidad amada, otra persona, un grupo humano o alguna cosa, alcance lo que se juzga su bien, a procurar que ese deseo se cumpla y a gozar como bien propio el hecho de saberlo cumplido. 2. Atracción sexual. 3. Apetito sexual de los animales”.

La primera definición no hace referencia al bien moral, con su connotación maniquea en la que lo bueno se opone a lo malo generando el bien amar y el mal amar; tampoco al bien objetivo que, si se llegara a un consenso sobre cuál es, llevaría a que lo que un sujeto juzga bien para su realidad amada no sea considerado bien objetivo y, por tanto, revoque la calidad de amor para el sentimiento que lo mueve; por el contrario, la definición acepta que el simple juicio del enamorado de lo que es bueno para el ser amado, su simple intención de hacerle el bien, convierte su sentimiento en amor.

La segunda y la tercera definición añaden al concepto el envés de la disyuntiva que ha ocupado a los filósofos durante siglos: ¿el amor es espiritual o es carnal? La primera definición no descarta la carnalidad, puesto que el amante podría reconocer el bien para su amado en esa esfera; la segunda tampoco descarta lo que podríamos llamar espiritualidad porque según algunos estudios la atracción desborda lo físico e involucra aspectos varios de la personalidad; y la tercera acepta sustantivar como amor los apetitos de los animales, aparentemente, carentes de espiritualidad, lo cual tal vez sería justo extender a los humanos que también, ahora sí, pueden sentirse atraídos exclusivamente de la carnalidad.

Pero que la colectividad humana o incluso alguna comunidad más específica se apegue, en teoría y práctica, en razón y emoción, a definiciones más o menos moralistas, más o menos objetivistas, o intente decidirse entre la dualidad ‘espiritualidad – carnalidad’, no es tan sencillo como abrir este diccionario en la página 129 y elegir una acepción. Sin ánimo de pretender relativizar el concepto más de lo necesario, considero que una buena forma de llegar a la verdad (que bien podría ser la que enuncia el diccionario), al consenso que es el que termina determinando lo objetivo, es partir de las subjetividades, de las formas particulares (y a la vez, quizás, universales), como cada cual se aproxima a algo tan sublime, gozoso y doloroso, o tan pedestre, elemental e instintivo, como el amor.

Por eso he intentado definir algunas de las formas como nos aproximamos, o creemos que lo hacemos, a ese sentimiento. Pero no, aún, con rigor científico, sino con humor. Con humor cruel en ocasiones. Con la misma crueldad con la que nos reímos de quien resbala y cae aparatosamente (que en el fondo no es burla por la desgracia ajena sino alivio porque le pasó a otro y no a uno mismo). Con la malévola crueldad que reímos cuando alguien se asusta de una inofensiva aparición que alguien le disfrazó y, también, con la saludable despreocupación que el asustado ríe cuando descubre que no había nada que temer en realidad o que si lo hubo, ya no lo hay.

Porque el amor se parece, a veces, a una caída aparatosa (por algo en inglés enamorarse es “to fall in love”), también se parece a la incertidumbre y la sorpresa, también asusta y solo deja de asustar cuando queda en el pasado y mientras permanece allí.

 

Amores de amores, definiciones

Amores cacorros (encacorres): dícese de las tragas malucas en las que caemos cuando tenemos nuestra primera relación visceral (a veces el primer enamoramiento, la primera relación sexual, la primera pareja estable…). Algunos eufemistas prefieren llamarlas ‘caprichos’.

Amores escépticos: aquellas relaciones en las que uno o ambos integrantes de la pareja piensan “no estoy enamorado y tal vez no llegue a enamorarme, pero no importa; como estamos, estamos bien”. Este tipo de amor suele darse entre personas que han salido mal libradas de un encacorre o profundo enamoramiento y no quieren volver a ser vulnerables.

Amores descuartizadores: lo que les interesa no es el ser humano integralmente sino alguno de sus componentes: su belleza física, su éxito laboral, su destreza casi gimnástica en la cama, el tamaño de alguna o algunas partes de su cuerpo, su éxito laboral, lo bonito que habla, etc. Esos amores solo son disfrutados por el descuartizador en el contexto en que sean valiosos: expomoda, una tertulia literaria, un matorral en un parque público… Un descuartizador se siente completo cuando tiene un novio o amante para cada ocasión: el de mostrar, el de tirar, el de conversar…

Amores románticos: véanse amores heroicos, tiernos y de toda la vida.

Amores intensos: no aceptan un ‘no’ por respuesta. Quieren estar ‘encima’ a toda hora y pertenecer a cada esfera de la vida de su amado. Para dejarlos puede ser necesario cambiar de número telefónico, universidad, país y hasta identidad…

Amores tiernos: dicen cursilerías, pretenden hablar como niños pero les suena como enfermos del síndrome de down, regalan peluchitos maricas y toda suerte de adornitos inútiles y no les da ni pena.

Amores chocolocos: pueden salir con cualquier cosa, desde invitarte a acampar en el traspatio hasta asaltarte en el vestier de un almacén y hacerte el amor frenéticamente. Los hay desde verdaderamente desquiciados hasta inofensivos pero creativos.

Amores racionales (pragmáticos): todo lo miden y lo calculan, le temen a cualquier tinte patológico que pueda tomar la relación y, para evitar excesos, prefieren fijar frecuencia de los encuentros (“todos los jueves menos lo de luna llena”), intensidad de los besos (según sean en horas de oficina o en sitios públicos) porcentajes de aporte para cada salida (“te toca dar $9.675, amor. Exactamente la mitad de lo que gastamos en boletas, pasajes y palomitas”) y hasta duración mínima y máxima de los ‘polvos’. A veces admiten romper algunas reglas en los cumpleaños, aniversarios, día del anestesiólogo o si Colombia golea a Argentina. Nota: no les des poemas, pero si te atreves no les escribas que el amor reside o nace del corazón, te expondrías a una larga exposición sobre su fisiología y anatomía.

Amores a primera vista: se dice de aquellos encuentros en los que las dos parte están entre arrechos y ansiosos por encontrar a alguien y sentirán química ante el primero que les haga ojitos.

Amores perros: Aquellos que todo el tiempo están de cacería. Se podría decir que tienen un corazón muy grande, pero también se podría decir que son unos inmaduros, incapaces de comprometerse con una sola opción. Suele tener problemas de estima y autoaceptación, por eso requieren demostrarse que pueden ‘levantar’ cuando quieren y dependen de la reiterada admiración de los otros.

Amores de la vida: construcción romántica que desconoce que nada es inmutable y que el hombre, al igual que la mayoría de los seres del universo, cumple ciclos que implican cambios.

Amores sapos: especie de ingenuidad que conduce a algunos a confiar en que alguien que se comporta como un vil sapo de pantano, que es de lo más falso y anfibio, puede, de un momento a otro, empezar a comportarse como un príncipe azul.

Amores dolorosos: aquellas relaciones en las que, uno o ambos, tienen tan enredadas las conexiones del sistema nervioso, que las ofensas y maltratos que les infligen son recibidas como estímulos placenteros. Que su pareja les exprima hasta el último peso y les deje marcada la hebilla de la correa en un ojo es para ellos un sublime gesto de amor puro y total.

Amores platónicos: engendro que deforma bestialmente la búsqueda filosófica de Platón. Quienes profesan este tipo de amores son algo así como arqueros a los que les da diarrea antes de los penaltis y nunca se enteran de cómo les habría ido si hubieran intentado atajarlos.

Amores arrechos: ‘siempre listos’ parece ser la consigna de este tipo de amorosos. No invitan a teatro ni a paseos, ni preguntan como te fue en el examen ni si se alivio tu abuelita, no hablan del futuro ni del pasado ni… Mejor dicho, no hablan a menos que sea de sexo, pero principalmente lo practican con suma diligencia sin prestar mayor atención al lugar o el contexto.

Amores heroicos (sacrificados): entienden en el amor una renuncia a lo que sea: a los bienes materiales, a la salud mental, al futuro profesional, a la realización personal. Sacrifican lo que su pareja les pida y si no les pide nada, lo sacrifican todo. A veces se cuidan de hacer sentir culpable a su pareja por todos sus sacrificios.

Amores interesados: buscan con distraída atención en su interlocutor cualquier detalle que dé indicio de su bienestar… económico. Son expertos en marcas, sitios ‘play’, barrios y universidades de alto estrato. Sus presas predilectas son los feos derrochadores y los ‘traquetos’. No recomendados para tacaños ni sensibleros que piensen que el amor es más que un intercambio comercial.

Amores idólatras: buscan en el otro un espejo que refleje todo lo que no son y una especie de deidad que merece todo tipo de adulaciones y adoraciones. Tienen buen complemento en los ególatras y narcisistas.

Amores de carpintería: son amores que se buscan, o en los que se incurre, con el ánimo de olvidar una vieja relación con la filosofía de ‘un clavo saca otro clavo’. Nota: ojo con los machucones y las puntillas torcidas.

Amores amigos: surgen del conocimiento mutuo, la complicidad y la transformación de los afectos fraternales en eróticos.

Amigo – amantes: aquellos que necesitan fachadas para disfrazar la atracción insuficiente o el miedo al compromiso y cuyos acercamientos tienen como excusa ‘accidentes’ o los efectos del licor.

Amores solidarios: les interesa el bienestar propio, pero sin desconocer que enfrente hay un interlocutor con sueños, miedos y posibilidades de elección, que necesita pista tanto para aterrizar como para desplegar las alas y buscar su propio destino. Crean lazos que unen pero que no asfixian.

Amores incomprendidos: pueden enmarcarse en cualquiera de los tipos anteriores, con la particularidad de que realmente les han movido el piso y se los siguen moviendo a pesar del paso del tiempo, la distancia, la negación, los consejos de los amigos, la mensualidad a la psicóloga, los exorcismos, etc.

  El final de la búsqueda

Pero, ¿por qué entender el amor como una caída que mejor sea para otro y no para uno, como una aparición siniestra que asusta a pesar de ser intrínsecamente inofensiva? Sospecho que porque al amor se asocian sentimientos y comportamientos que relacionamos con una especie de minusvalía emocional, de (*lo que les ponen a los caballos para que no miren a los lados*) a la autodeterminación. La dependencia, el desamor, el abuso, la incapacidad de ver el engaño, el compromiso, la pérdida de parte de la libertad, etc., nos asustan.

Sin embargo, la anterior clasificación tampoco pretende ser una minitaxonomía de las patologías eróticas. Sería como calificar de patológicos los extravíos, distracciones y fantasías aisladas de los niños; o las incontinencias urinarias y fecales en los primeros años; o cierta torpeza motriz que se enfrenta en el umbral de la adolescencia debido a las nuevas dimensiones de nuestro cuerpo. En el amor sensual, igualmente, tenemos un nacimiento y un crecimiento, un proceso de aprendizaje que, al menos por ahora, no se puede hacer en la teoría sino en la propia experiencia.

Lo que no me atrevo a anunciar es lo que encontremos al final del experimento, superadas las etapas, alcanzada la madurez: ¿el verdadero amor como noción?, ¿la autoridad para encerrar el concepto en una definición justa y objetiva?, ¿o, acaso, el descubrimiento de que extravíos, sentimientos volátiles, dolorosas y aparatosas caídas, incertidumbres y miedos, nostalgias e intentos fallidos; conjugados, por su puesto, con instantes de júbilo, emociones inconmensurables y orgasmos memorables; son al mismo tiempo motivo de la duda y respuesta a la pregunta? ¿Es la experiencia de enfrentar el amor nuestro de cada día, así de particular, equivalente a la noción universal de amor que, por particular y plural, solo cabe en tantas definiciones como enamorados? ¿Es la incertidumbre o la certeza de que no hay respuesta, el fin de la búsqueda?

 FUENTE: POR HERNANDO ESCOBAR VERA (NANDOEV@YAHOO.ES) HTTP://WWW.GEOCITIES.COM/GAEDSUN/DOCS/AMORESDE.HTM 



{enero 11, 2008}   PAREJAS DESDAREJAS

slaman_rushdie_padma_lakshmi_bpe_20070115.jpg

PAREJAS DESPAREJAS: CUANDO ELLAS SON MAYORES QUE ELLOS
Si hace unos años, estas relaciones eran consideradas escandalosas, en la sociedad hoy existe un mayor nivel de tolerancia frente a ellas. Las razones de un fenómeno que se multiplica entre la gente común y corriente.
Si una buena chica elige a un hombre mayor y socialmente asentado, es sensatez. En cambio, si un buen chico elige a una mujer mayor, exitosa y poderosa, es explotación. Para una gran mayoría, es un gigoló. Así se articula el tabú social en relación a las parejas de las maduras con los jovencitos”, sintetiza Irene Meler, psicoanalista y coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires.
El enganche mujer mayor-hombre menor, pone en juego la filosofía personal de cada uno y en un grado superlativo la madurez de la sociedad. En Argentina, una encuesta realizada la semana pasada en Ciudad Digital dejó al descubierto la caída de muchos prejuicios. Un 59% de los votantes opinó favorablemente en relación a estas parejas, mientras que un 35% las admitió aunque dijo que no las elegiría para su vida y sólo un 6% se manifiestó absolutamente en contra de este tipo de vínculos.
Para Meler, las opiniones encontradas se explican porque “esta asimetría plantea una reversión de la ancestral dominación masculina. Se sabe que la pareja considerada ideal es la compuesta por una mujer con un hombre algo mayor, algo más inteligente, algo más rico y algo más alto”, dice. “Esta es la fórmula que conforma el requisito pre-erótico de la tendencia hegemónica. Por eso, que algunos hombres y mujeres, aunque sean una minoría, puedan armar el deseo sobre una base diferente e inversa, es algo que aparece como revolucionario”.
Por lo pronto, ya en los Estados Unidos, este tipo de relaciones alcanzan a un 31% de las parejas integradas por mujeres de más de 30 años, triplicándose la cifra registrada en 1980.
La diferencia de edad tampoco es motivo de impedimento en las parejas inglesas. Un artículo reciente publicado por The Sunday Times certifica una tendencia en alza: esta clase de parejas se multiplicó por dos ya que pasó de un 12% a un 25%, entre los años 1990 y 2000.
Edmundo Prado es un arquitecto de 62 años. Desde hace más de 20 convive con una mujer ocho años mayor. No tienen hijos. Y aunque pide mantener el nombre de su pareja en reserva, cuenta su experiencia. “Al principio me costaba comunicárselo a mis amigos. Me llevó años de terapia aceptar que, cuando te enamorás, te enamorás. Además, creo que a esta cuestión se la sigue viendo como un escándalo. Es que nuestra cultura occidental plantea relaciones heterosexuales, monogámicas y reproductivas. Cuando una mujer mayor se engancha con alguien menor la elección no está puesta en la reproducción, sino en el placer. Algo que molesta a la sociedad”, apunta.
Hasta hace unos años, este nuevo paradigma de pareja era poco menos que un atentado a la moral. En cambio, la abrupta inserción laboral de la mujer, así como su éxito social y la conquista de espacios intelectuales, le ha permitido sentirse “deseada” desde un lugar diferente. Además de amor, ellas pueden brindar experiencia, seguridad y prestigio, todo un cambio de timón en las reglas de poder que regían las relaciones heterosexuales.
Adelaida Estrada es pintora. Tiene 53 años y vive en Pilar con un escultor doce años menor. En su opinión, estas relaciones siempre aparecen rodeadas de un halo de prejuicio. “Cada vez que una mujer es vista con un hombre más joven, la gente piensa que ella le paga. Parecería que una mujer no puede ena morarse de un tipo de otra raza, una clase social distinta o más joven que ella. Y, aunque a mí no me importa, me manejo con mucha discreción porque a veces siento que me miran mal”.
“Frente a una sociedad con muchas inhibiciones hay que tener coraje para salirse de la norma”, apunta la psicóloga Verónica López. “Por otro lado, mi experiencia en el consultorio me permite afirmar que la independencia femenina ha reposicionado a la mujer en la carrera del amor, permitiéndole mantener en el tiempo tanto la vitalidad de sus afectos como su sexualidad. Hoy no pesa la diferencia de edad sino la opción de vivir en casas separadas para preservar a los hijos de la relación o para conservar la autonomía”.
“Los trabajos de campo más profundos marcan una crecimiento de este tipo de relaciones”, asegura la socióloga Nora D”Alessio. Y agrega: “Este fenómeno se explica porque las mujeres son menos promiscuas que los hombres. Después de un divorcio, ellas tienden a armar nuevamente pareja. En la actualidad, con la cantidad de homosexuales declarados y la falta de hombres, las mujeres mayores se vuelcan a los más jóvenes como una manera de repetir la experiencia de su primer matrimonio, al que pueden corregir con la experiencia”.
“Ya lo decía Oscar Wilde: El segundo matrimonio es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia”, ironiza el filósofo y poeta Santiago Kovadloff. “Personalmente le tengo terror a la generalización, a caer en la sociología del amor. Por eso, antes de preguntarnos qué significa el hecho de que una mujer pueda relacionarse amorosamente con un hombre menor que ella, deberíamos preguntarnos, en mi modesto entender, de qué mujer hablamos y de qué hombre, porque la singularidad de cada caso aconseja siempre ser muy cauto”.
El psicólogo Julio Graino, especializado en “relaciones desparejas” adhiere a la tesis de Kovadloff. “Cuando se intentan explicar este tipo de vínculos se corre el riesgo de poner a todos en una misma bolsa sin comprender que en toda elección se juega la ”neurosis” de cada uno. O, dicho de otro modo, los miedos, ansiedades, angustias, obsesiones y conflictos inconscientes. Algunos casos, referirán la relación madre-hijo y el hombre buscará a su madre o cierta idea de seguridad, mientras en otros la mujer perseguirá el ideal de juventud. Pero esto nos lleva a sostener el prejuicio. Más allá de la diferencia de edad, estas parejas se pueden enganchar por amor; porque se enamoraron; porque les da la gana y no porque detrás de ellas se esconda una patología”.
“No se trata de una enfermedad, sino de algo que, lamentablemente, está inscripto en los cuerpos”, refuta Meler. Y considera que “el atractivo sexual todavía se basa en la fuerza masculina y la debilidad y dependencia de la mujer. Esta ley del deseo abarca incluso a personas liberales que, en la intimidad, responden al modelo de dominio-subordinación. Es más fácil derogar leyes que cambiar la forma de desear en la intimidad”.
Interés, amor, deseo, miedo, fe o perversión. Seis móviles sobre los cuales puede articularse el accionar del hombre y la mujer. ¿Quién podría determinar con exactitud la fórmula básica de cada pareja? En boca de Kovadloff “si algo distingue la época en que vivimos es la ruptura de los paradigmas convencionales de la relación heterosexual. Por lo tanto, a esta configuración de pareja debe inscribírsela (y no juzgársela) como un intento de afirmar la experiencia amorosa en cauces nuevos. Hay que dejarse llevar por la historia sin presumir que todo lo que uno vive es demasiado original”.

Texto de Andrea Rabolini. DE LA REDACCION DE CLARIN.
FUENTE: http://www.clarin.com/diario/2002/09/15/s-03815.htm



et cetera